
Nos quedamos con el barro de la tarde en los bolsillos, y pedimos un deseo: esos niños que se pasan la vida jugando en la calle.
Hay niños que nacen, y hay niños que nacen más deprisa. No subestimo el juego, pero ¿las canicas y muñecas? “¿Qué es un elefante?” –le ofrecí cuando pidió más. Pero ella hizo un dibujo sobre mi pecho. Y formó con plastilina un niño que hablaba. O tal vez era un rompecabezas de una pieza. Un laberinto de ropa sucia, de calcetines, de camisas y zapatos, que pongo en orden y que luego “primero me pongo…” y “después me baño”.
“Me gustan los elefantes” –me dijo desde el fondo de sus tres años. “Pero me gustan más las ventanas”. Le toqué la pierna y me devolvió un árbol. Forcejeamos. “Pon etiquetas con tu nombre”. “Vamos al jardín”. “Bésame a la altura del lavabo”. “Tu boca es como una oruga que me da cosquillas”. “¿Qué es esto?”. “¿Qué está haciendo este niño?”.
Ahora que me enseñas que una culebra delgada, venenosa y peligrosa engulle a un cocodrilo sin dentadura y cola, me tomo la cabeza con manos reflexivas y meto mi ojo allí, para “mirar dentro de las cosas”.
Si te preguntara otra vez: “¿De dónde vienen las estrellas que caen en tu techo?”, no contestes: “todavía nadie lo sabe”, porque intentaré contarlas. Yo te diré, con la galleta en mi mano: “La luciérnaga se ha ido. Volvamos a la noche de tu jardín”.